El modo como el espacio obra y atraviesa la obra de arte se nos anticipa con toda su incertidumbre.
Infinita potencialidad, lejos de ser carencia, se encuentra el vacío. Perpetua preexistencia a toda forma, a todo espacio. El espacio es consecuencia de la dialéctica entre vacío y envolvente. No es aquello que aparece como producto de la confección de la envolvente, sino que se trata de aquello que hace que la envolvente aparezca, que sea necesaria su configuración.
El vacío es creación.
Eterno. Ágil. Volátil. Suficiente.
A través de lo que el vacío ignora, excluye, toma y apropia es que el espacio cobra vida.
Las formas esculpen el vacío, generan el espacio.
El espacio se deja atrapar.
Se suelta, se enreda y se dispara.
Cae y sube, y se vuelve a soltar. Entonces se aprehende de la envolvente, vuelve espacio al vacío, lo dota de armonía, escala, proporción, de significado.
Bajo la luz, densidades espaciales cobran carácter, ritmos, orden.
Bajo la luz el espacio es revelado.
No es la forma quien cualifica al espacio, sino el vacío que hace posible la aparición y necesidad de configurar la forma.
El vacío no es la nada. No es carencia.
Debe ser entendido como aquello que encierra el potencial que permite la creación de sitios, de espacios para el hombre.

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